miércoles 18 de noviembre de 2009

Aniversario de muertes. Anotación personal

Hoy hace 3 meses de la muerte de nuestro gatito Messi y casi 8 de la de Walter, el Gran Yeibo, el gato estelar.

Dentro de dos semanas se cumplirán 3 meses de la muerte de Alfonsa Alcaide, mi abuela paterna. No tengo ninguna foto suya, pero los que me conozcáis podéis haceros una idea teniendo en cuenta que era más alta que yo, y que a sus 96 años, ya tenía todo el pelo blanco. Lo que más nos asemeja era el terror a quedarnos sin nada: el miedo al hambre, al frío, al fin del amor, a no tener un lugar donde quedarnos, a la enfermedad y la vejez... conforma nuestra manera de movernos, siempre algo más rápida o más lenta que el resto del grupo, da alas a nuestros enfados que siempre son apocalípticos, terminales; se nota hasta en nuestro cuerpo: en esa leve inclinación hacia delante de la espalda, como si nunca jamás nos hubiéramos relajado.

Me acuerdo de Sylvia Plath y su sensación de incertidumbre y desamparo ante el paso del tiempo. Qué bien supo verla su esposo Ted, quien en su libro de homenaje "Cumpleaños", describe este miedo, visible hasta en las cosas más íntimas de la Plath: la manera de acariciar a los niños, el modo de teclear en la máquina, su mirada fija en la pluma de escribir, en las palabras que va trazando, como temiendo perderlas de un momento a otro... "También te las quitaron" apunta Ted.

Paz para ellos.

martes 17 de noviembre de 2009

De pequeña me llamaban fea, monstruo y cuatroojos

viernes 13 de noviembre de 2009

Viernes 13

La soledad es una planta carnívora o un insecto que te devora pero nunca del todo, siempre deja algo de tu cuerpo para digerirlo más tarde, al día siguiente, al año siguiente, en la vida siguiente...
La soledad te mastica.

martes 10 de noviembre de 2009

seminario de poesía lésbica-queer en la Bonnemaisaon de Barcelona

lunes 9 de noviembre de 2009

El muro de Berlín

Quiero sumarme a la celebración por la caída del muro de Berlín. Recuerdo que hace 20 años, mi amigo Gonzalo Pagán, que hoy trata la anorexia en el Hospital Reina Sofía, compró una botella de champan y la bebimos para desayunar mientras mirabamos la televisión, porque aquella noche nadie apagó las cámaras, todo fue una gozosa, larga, maravillosa vigilia, con gente pasando por las calles, coches haciendo sonar los cláxons y gente en los bares brindando con desconocidos.

Todos cantábamos la canción de Bowie "Héroes", cuyo vídeoclip describe (creo recordar) una pareja intentando cruzar ese muro.

Creo que la felicidad era mayor porque todos intuíamos uan reunificación alemana, y por lo tanto después por fin una verdadera unificación europea, un cambio en la política de este viejo lagarto que es nuestro continente.

Se veían los caminos despejados a una Europa sin roces, con una frontera común, vigilada por unas fuerzas militares con un mando único, con una manera única también de intervenir en los conflictos, en las mesas de las cafeterías se hacían planes, se dibujaban organigramas de lo que podía ser un parlamento común, que organizase una política de mínimos para todos, aborto, divorcio, salarios mínimos comunes, educación laica, libertad de movimientos, policía interconectada, viajes baratos, casas en la playa, chimeneas en el norte, chicas francesas, masajistas checos, muchachotes irlandeses, suecas traslúcidas... todo, todo, todo se creía al alcance de la política en esos días mágicos.

PD.: sólo un apunte crítico, Paco Frutos, el ex-dirigente del PC no lo ve digno de celebración. Aduce que aún quedan otros muros. Si, por supuesto, el de mi casa, sin ir más lejos, que impide que todos tengamos casa común y podamos compartir la propiedad.

O el de Ceuta, puesto por España por orden de Europa, una Europa cainita, muy distinta de la que todos soñamos la noche de hace veinte años, una Europa que debería haber reaccionado frente a la immigración ilegal mandando a la cárcel a todo empresario que subcontrata por debajo del salario habitual o a todas las familias que tienen criados a 4 euros la hora (¿pues por qué creeis que vienen?).

Pero eso no es suficiente para no celebrar, señor Frutos. Quizzás usted no entienda que la gente queremos tener el derecho de ir adónde nos salga de los ovarios, sobre todo si ese lugar está lleno de tus propios familiares, y que toda utopía que pase por el más mínimo sufrimiento de la gente no debería pasar del papel, no debería ni siquiera ser tomada en cuenta.

Cristina Morano

miércoles 4 de noviembre de 2009

Día de difuntos

Anoche estuve un rato con Soren Peñalver, poeta y colaborador del diario La Opinión de Murcia. Me he acordado esta mañana de ese poema suyo donde se queja de la incomprensión de un amado, pero recuerda la belleza de su cuerpo y termina diciendo que: sólo por esa belleza “…toda la noche trabajaré para ti./ Al amanecer seré libre”. Me parece una postura válida: darse cuenta de que el amor se ha acabado y soltar amarras. Yo jamás sería capaz de ser tan valiente. Una vez que apuesto por una relación sigo hasta el final, aun pasándolo mal. Supongo que estar a solas consigo mismo será maravilloso para las personas normales, pero para los que somos una mierda, la soledad no es tan ventajosa. No sé. He estado releyendo los post que colgamos sobre la muerte del gatito Messi y me doy cuenta de que aún no he superado ese duelo. Hace 3 meses murió mi abuela Alfonsa, pero me dejó una pulsera de bisutería, negra y dorada, y tener algo suyo me consuela.

Sección de caballero

La sección de caballero
de los grandes almacenes
está siempre llena de señoras eligiendo
calcetines, colonias, cinturones.
Yo fui una vez a por una crema de afeitar,
hace mucho tiempo. Me sentía tan bien:
entera del todo, como si tener compañero
me revalorizara. Qué error,
cuánto desgaste. Y el cansancio.
No volveré a la sección de caballero,
ya no miro a las mujeres emparejadas
con envidia, con ternura sí, y escucho
sus conversaciones,
a ratos son muy tristes.
Luego coincidimos todas
en la sección de lencería.
Paso los dedos lentamente
por la blonda rosada de un sujetador
de ochenta euros. Me rodean muchas
en silencio. Las caras de sargentas
maternales que lucían cuando compraban
cosas para sus hombres
se han vuelto pálidas
(nadie sabe la tristeza con que se compra
una chica la ropa interior),
la mayoría volvemos a dejar la prenda
colgada de su sitio. Total, para qué.
Para acabar comprando calcetines negros,
cuchillas de afeitar, solas en el hipermercado.
Solas
Solas
Solas
Solas
Solas
Solas
Solas
Solas
Solas
Solas


Cristina Morano