Creo que fue Antonio Gala el infeliz (aunque maravilloso autor teatral, ¡no menospreciarle!!) quien dijo que el amor era la amistad con momentos eróticos. Una tontuna como cualquier otra. El amor puede ser muchas cosas, pero desde luego no es el moderado sentimiento de pertenencia o consuelo que nos ofrece la amistad.
Lejos de la idea de corrección romántica que nos inculcan en la infancia (Disney mediante) y que nos hace concebir la primera idea de que el amor, cuando llegue, será “pan comido”; el amor suele venir para dislocarnos el cuerpo y las costumbres, para volvernos obsesos y ciegos en una catarata de vivencias tangentes al precipicio cuya única solución es que el amado te sorba la médula espinal con un beso terminal, estúpido, incorrecto.
Esto, que tan maravillosamente dijera Lope de Vega en su “Desmayarse, atreverse, estar furioso,/ áspero, tierno…”, es lo que he encontrado en el libro de Isabel Bono. Un libro-catarata imperfecto, des-medido, tierno, cómico y desolado, que no he podido terminar de leer, porque me involucra demasiado, porque me “narra” demasiado. En sus versos están los errores, las contradicciones, el vértigo, la desolación, la traición a uno mismo y la lealtad también a uno mismo que significa estar con alguien. El intento de conservar la cordura (a veces de maneras muy cómicas, como el fragmento de los accidentes domésticos) en medio de lo que nos arrebata el juicio.
Vuelvo a Lope de Vega: “creer que el cielo en un infierno cabe” e Isabel Bono le confirma: “He venido a arder”.
Isabel Bono, vuelva a sus piedras y a sus blogs, no nos entregue una criatura tan desamparada como este libro. No sobreviviremos.